Semillas del capitalismo en el Judaísmo por Javier Medina

Jacques Attali, Les Juifs, le monde et l´argent[1], en cuyo libro nos inspiramos y vamos a seguir, dice que el judaísmo empieza con un viaje: la salida de Ur y que uno de los ancestros de Abraham, Éber, cuyo significado es: hombre de paso, el que cambia de lugar: el cambista, el nómada; este Eber se convertirá, luego, en ibri: hebreo. Como si el destino estuviera ya inscrito en el nombre. Este pueblo, pues, deberá viajar, trocar, comerciar, comunicar, transmitir, traducir. Ahora bien, a efectos de este texto, nos vamos a circunscribir a la historia que empieza en Mesopotamia, 18 siglos antes de nuestra era, y culmina con la destrucción del segundo Templo. En ese lapso, este pequeño pueblo, apostó por las energías fermiónicas y, para reparar la Separación, diseñó una re-ligión, que un tercio de la humanidad actual tiene como referente y desarrolló una relación con el dinero: el mejor medio de inter-cambio existente, a imagen y semejanza de su relación con el Abstractum por antonomasia: su Dios, que serviría de fundamento al capitalismo que, prácticamente, hoy sigue casi toda la humanidad. Si bien, también es preciso recordar que este largo viaje ha regresado, inadvertidamente, a donde salió: el Irak actual, entre el Tigris y el Eufrates. Auscultar esa curvatura de la línea recta no es irrelevante. Pacha se impuso.

El primer hombre, Adán, no es un hebreo. Vive en el Jardín del Edén: el lugar de la integralidad, la abundancia y la suficiencia. No le pertenece, pero nada necesita para ser feliz. Su primera necesidad es de índole sexual: una compañera. Sólo dos prohibiciones, empero, le atañen, referidas al alimento: no debe comer los frutos del Árbol del Conocimiento: se haría añicos la integralidad holista del Pardés, ni aquellos del Árbol de la Vida: ganaría la eternidad. Ambos: privilegios divinos. Para no desear, el hombre no debe conocer la extensión de su ignorancia, ni la finitud de su condición. No bien las viola, descubre la conciencia de sí: el yo: el individuo: lo circunscrito, y aparece el deseo. Es arrojado entonces al mundo de la escasez, donde nada está disponible sin trabajar. Se han roto los cordones umbilicales con el entorno biosférico y noosférico que sostienen al Animismo. Primera lección de la versión capitalista de la Economía.

La expulsión del Edén enfatiza la masa y minimiza la energía. El hombre bosónico, Ish, se convierte en el hombre-fermión: individuo y establece un contrato con Dios que transforma la condición humana, vale decir, el Exilio, en un pro-yecto, de deberes y obligaciones congeladas, lanzado al futuro: surge el tiempo lineal. Se privilegia el lóbulo cerebral izquierdo y la tarea es valorizar el tiempo a costa del espacio, para recuperar el paraíso perdido, de modo artificial, empero: tecnología. El vector capitalista será el que se encargue de ello: valorizar el tiempo para romper el círculo del eterno retorno: el feedback y desarrollar, de la quijada de burro, con la que es asesinado Abel, a los aviones no tripulados que asesinan terroristas, las mediaciones entre hombre y naturaleza, rotas por la expulsión del Edén.

Caín, cuyo nombre significa “adquirir” y también “envidiar”, recibe la tierra. Abel, cuyo nombre alude a niebla, soplo, nada: vanidad, recibe los rebaños. Cuando el campesino niega al pastor el derecho de paso, uno de los dos hermanos pierde la vida. Sobrevive el homicida sedentario que es arrojado, otra vez, a un nuevo exilio. Caín se convierte en un desvalido, un viajero, un nómada. para aprender el otro lado de la violencia.

Cuenta el Génesis que, generación tras generación, todo se confunde; los hombres se matan entre sí. La energía fermiónica hace de las suyas. Todos combaten a muerte por los bienes escasos; hasta que cae el Diluvio, para hacer borrón y cuenta nueva.

En el mismo momento, en que en los Andes y los Himalayas, se anuncia otro pensamiento fundador: el Animismo: todo está vivo e interconectado, en Asia Menor se origina el Monoteísmo: sólo hay un Viviente y todo lo demás está separado. El caos anterior al Diluvio, sólo podrá ser minimizado, haciendo de las energías fermiónicas sueltas, un Láser: un solo Dios y, a saber, para todos los pueblos. Doble abstracción que dura hasta hoy: un solo mercado, una sola moneda: una sola globalización.

Cuando Abraham se instala en Canaán, Dios le da dos mandatos: crecer y multiplicarse sosteniblemente: como las estrellas del cielo o las arenas del desierto, y valorizar la tierra. Le pide que sea rico para servirle. Génesis 13:2, señala esa riqueza: “Abraham era muy rico en rebaños, plata y oro”, bienes que, entonces, constituían las principales monedas de cambio. Y, para obtenerlos, todo valía, incluida la astucia proxéneta: Abraham presenta a su mujer como hermana, confiando recibir regalos de los reyezuelos que se la quisieran tirar.

Pero más radical es la prohibición del sacrificio, que activa –como sabemos– la circulación de las energías entre el orden circunscrito y los universos paralelos no-circunscritos, suscitando la reciprocidad: el don y el contradon. Con esa prohibición del feedback cosmobiológico, Dios reitera la separación del hombre de la naturaleza y lo coloca, expresamente, en un sitio aparte: la Historia y la Elección., dentro de la Creación. Con lo cual se instaura, en la humanidad postdiluviana, la polaridad que nos constituye hasta ahora: los que apuestan por la Separación y los que apuestan por el Continuum, cuyos señaleros más importantes son el. Monoteísmo y el Animismo o, dicho más compendiadamente aun: el : Capitalismo y la Reciprocidad.

Estas dos órdenes muestran preferencias se enlazan con el primer acto de importancia de Abraham en tierra de Canaán. Cuando debe enterrar a Sara, su mujer, compra, públicamente, y sin regatear, al hitita Efrón, una gruta en Majpelá, de modo que esta compra jamás pueda ser cuestionada: Génesis 23:9-16, rechazando la donación que expresamente se le hace. Propiedad no usufructo. Génesis 23:9-16. Otra bifurcación de larga duración.

Los rabinos han escrito miles de páginas para explicar por qué Abraham compra esa gruta a los hombres y la alquila a Dios y por qué su precio es de 400 shekalim. El alquiler recuerda que los hombres estamos de paso y que cualquier propiedad, sólo puede ser un préstamo de Dios. El monto tampoco es arbitrario. En hebreo los números se escriben con letras. La última letra del alefato designa el número 400; para contar más allá, es preciso utilizar dos letras; por eso, 400 constituye una suerte de límite de mensurabilidad. Además, 400 puede descomponerse en 8 veces 50. Y el 8 es el número que sigue al de los días de la semana y 50 a 49, número de años tras el cual hay que devolver toda tierra a su propietario inicial: el Jubileo. Por tanto, 8 y 50 representan, uno y otro, números lindantes con el exterior de los ciclos del tiempo humano. El número 400 simboliza el más allá del tiempo humano, vale decir, la eternidad. Esa tierra, pues, ha sido comprada para toda la eternidad. Se relativiza la aleatoridad de lo relativo, puntual y ad hoc. El fluir.

Isaac y Jacob confirman la necesidad de enriquecerse para complacer a Dios. Ambos acumulan rebaños y siervos: Génesis 26-30. Dios bendice sus fortunas y permite a Jacob comprar, a su hermano Esaú, el derecho de mayorazgo, prueba de que todo se puede monetizar, hasta un plato de lentejas. Luego -narra el texto- sobreviene la hambruna y bajan hacia Egipto.

Hacia el -1600 llegan al país gobernado por los hiksos y son recibidos por un tal José, convertido en consejero del faraón por haber sabido prever una crisis económica y haber suministrado al Príncipe una manera de arreglarla; acopiar reservas, que no es otra cosa que una forma básica del ahorro. No consumir toda la cosecha, prever las amenazas del porvenir y tenerlas en cuenta. Dicho de otro modo: dar al tiempo un rol en el dominio del espacio, de la naturaleza.

Los hijos de Jacob se organizan; un nasij toma las decisiones bajo el control de la eda: la asamblea; sólo rinde cuentas al faraón con quien negocia los impuestos y las cargas. Comercian entre sí, según la lógica del don: trueque y préstamos sin interés, y con los egipcios, con tasas de interés. Reciprocidad y Capitalismo, en sus formas elementales. La moneda no existe todavía en su forma moderna; se comparan los objetos que se intercambian con cantidades abstractas de oro o metales trabajados en lingotes de peso fijo que empiezan, siglo XV aC, a servir de instrumentos de regulación de los intercambios

Luego aparece Moisés, el primer Marrano cortesano, que se convertirá en jefe de una rebelión de esclavos, sacudida por diez sanciones económicas letalmente diseñadas para hacer el mayor daño posible a las fuentes de riqueza del faraón: el agua, el aire, los peces, la agricultura, el trigo, los rebaños, el clima, etc. Ya las palabras que las designan encubren mensajes de índole económica. Así, una de las plagas, la sangre, es nombrada por la misma palabra, dam, que más tarde designará el dinero: damin. Sangre y dinero, inquietantemente inseparables desde el sacrificio de Isaac.

Después viene el Éxodo. Dios los deja partir ricos. “Saldréis de este país con grandes riquezas”: Génesis 15:13-14; luego, la orden dada a Moisés: “Cada mujer pedirá a su vecina y a su anfitriona vasos de oro y de plata, vestidos con los que cubriréis a vuestros hijos y despojaréis a Egipto” Éxodo 3:21-22; luego la orden transmitida a Moisés: “Que cada uno pida oro y plata” Éxodo 11: 1-3; por último, sin tapujo alguno: “Pidieron y despojaron” Éxodo 12:35-36. Con esos objetos fabricaron, en el desierto, el Becerro de Oro. Nueva lección de economía capitalista: el dinero, herramienta al servicio de Dios, se transforma en un competidor de Dios, en un peligro, si se vuelve un fin en sí mismo. Con otras palabras: el enriquecimiento es una forma de idolatría, si no está enmarcado en reglas morales.

Para ello, Moisés le pide al pueblo que considere como su principal riqueza un bien que no se podrá vender ni consumir, pero que todos podrán poseer: la Ley, que deberán interiorizar para regular la sociedad desde dentro. En efecto, la Ley exige el trabajo, impone el descanso semanal, prohíbe la fabricación de objetos sacros, protege los contratos, resguarda la propiedad privada, asimila el robo a un rapto y el rapto a un homicidio. He aquí las semillas mayores del Capitalismo: trabajo, contratos, propiedad privada, robo, rapto, homicidio. Este es el combo completo. Nuevo fracaso: el new deal es duro de aceptar. Los hebreos añoran las cebollas de Egipto: la idolatría: el feedback cosmobiológico. Les cuesta aceptar el libre albedrío: la abstracción de la no relacionalidad: la no reciprocidad. Así cae el veredicto: todos aquellos que conocieron Egipto deberán morir en el desierto. Es preciso forjar un nuevo pueblo de relevo que ya no tenga memoria experiencial de las bondades de la Gran Diosa Madre Isis.

En el desierto, Dios les refriega en las narices la quintaesencia de la Economía del don. Les quita, provisionalmente, el castigo del trabajo y cada mañana, ante sus tiendas, aparece el Maná; sólo debe tomarse la cantidad necesaria; pues lo que se tome de más, se pudrirá; no hay acopio posible y, por tanto, tampoco comercio. El Maná adquiere el gusto deseado por el consumidor: para el niño tiene gusto a leche; para el adolescente, a pan; para el viejo, a miel. Quienes comen de él se vuelven fuertes como los ángeles.

Nueva lección de economía capitalista. Parece difícil contentarse con satisfacer sólo las necesidades elementales. La gente trata de aplacar sus deseos y encontrar placer en inventarse nuevas necesidades. Moisés, sin embargo, antes de morir, les ofrece una última lección de la naciente economía: la rutina de la alienación, avodá, no vale la incertidumbre de la libertad, melakha. El nombre de la primera remite a la pena; el de la segunda, al poder. Una vez más, el mensaje yace en el sentido oculto de las palabras. Milenios, más tarde, la propaganda fidei, sofisticará las técnicas de marketear los nuevos inventos como indispensables.

Ahora bien, no es posible entender el pensamiento judío y, en especial, su relación con el dinero, si no se tiene en cuenta su relación con las palabras. Dice el Génesis que las palabras fueron dadas a los hombres antes que las cosas, que nombran, y que, por tanto, entre ambas, las palabras y las cosas, hay una relación no evidente. Esta minimización relacional se compensa con una maximización de las relaciones de las palabras entre sí mismas. Por ejemplo, encontrar puntos comunes entre palabras que se escriben con las mismas consonantes (en hebreo no se escriben las vocales y muchas palabras pueden escribirse con las misma consonantes) o entre palabras que tienen un mismo valor numérico (cada letra equivale a un número y una palabra equivale a la suma de los valores numéricos de sus letras). Al operar de este modo, los judíos pusieron a punto los principios mismos de la especulación intelectual y el discurso científico, que también apunta a descubrir invariantes comunes para hechos que no tienen a priori relación entre sí. De este modo, al trabajar sobre las palabras: esencias abstractas, los judíos, de hace tres mil doscientos años, preparaban a las generaciones futuras para la abstracción, facultad fundamental, para las finanzas, la ciencias y el arte. La capacidad de abstracción es la primera riqueza del nómada. Nadie se la puede robar.

Veamos, pues, las palabras de la economía capitalista en su germen verbal.

Dinero, késef, aparece unas 350 veces en la Biblia. Se escribe KSF que, vocalizada kosef, designa la envidia y la nostalgia. Vocalizada kasaf forma un verbo cercano a desear: las formas del deseo que el dinero puede satisfacer. Así, por ejemplo, el dinero permite reclamar lo que a uno se le debe: “Tu me llamarías, y yo te respondería, y la obra de tus manos la reclamaría” Job, 14: 15. El dinero permite satisfacer una impaciencia, como cuando David dice a propósito de sus enemigos: “Esa gente es a imagen del león, que está impaciente por desagarrar” Salmos 17:12. El dinero permite satisfacer el deseo de ser amado como cuando el profeta Sofonías proclama: “Serenáos, gente sin deseo” lo que también se traduce “pueblos indignos de ser amados” Sofonías 2:1. El dinero permite dejar de languidecer, como cuando el poeta canta: “Mi alma languidece hasta consumirse” Salmos 84:3. El dinero permite obtener aquello para cuya obtención uno está dispuesto a todo, salvo robar. Así, Labán dice a Jacob, que lo abandona llevándose los ídolos tomados por Raquel: “¿Por qué has robado mis dioses? Génesis 31:30.

Así, pues, el dinero remite al reclamo, al deseo, a la languidez, al amor, a la pasión. Permite satisfacerlos de manera no violenta, a condición, empero, de dominar ese deseo, pues “Quien ama el dinero, jamás está satisfecho de dinero”, como dice, insuperablemente, el Eclesiatés 5:9.

Sin embargo, como al hebreo le gusta jugar con las letras, también se obtiene, al modificar el orden de las letras de késef, o cambiar una letra de la palabra, otras que también se aproximan, de otra manera, al sentido del dinero, como késhef (brujería) jesef (descubrir, revelar) sajaf (arramblar) o incluso sekef (debilitar, desalentar, atormentar). Késef también puede descomponerse en kes (cortar, anular) y sof (fin); entonces ese término también significa “fin de la anulación”: así, el dinero señala el fin de una ruptura, de una violencia, la reanudación de una comunicación, el inicio de un mensaje. De ahí su halo sagrado.

También se utilizan otros términos para nombrar el dinero y completar su sentido.

El dinero-moneda se designa con maot, que, con otra vocalización, puede leerse meet (lo que depende del tiempo). En otras palabras: el dinero es una manera de cristalizar el tiempo, el del trabajo y el de la negociación.

El dinero en el sentido de “canon adeudado” también se llamará, más tarde, DaMin que a la vez es plural de DaM (sangre). El dinero, sustituto de la sangre (DaM) del animal sacrificado, compra con dinero (DaMim) ya no con sacrificios: con dones. El dinero minimiza el don. De DM también se obtiene DaMa (parecerse, comparar, representar) pues el dinero representa las cosas para compararlas. DM, finalmente, puede vocalizarse DoM (silencio) lo que equivale a decir que el dinero reduce al silencio, evita la discusión, pero también que, pese al dinero abonado en concepto de indemnización, el agresor no compensa su falta hasta que no haya obtenido el perdón de su víctima.

Otro término más designa al dinero, en el sentido de fortuna: mamone, cuando ma-moné es la traducción de ma (atá) moné, que significa: “¿Qué calculas hacer? En otras palabras: el dinero obliga a calcular los actos de uno.

Como las letras tienen un valor numérico, también pueden hallarse equivalencias y relaciones interesantes entre palabras, cuyas letras tienen un valor total idéntico. Así, el rabino Jacob ben Asher, observó que las palabras mamón (fortuna) sulam (escala) y oni (pobreza) tienen el mismo valor numérico: 136. En este vínculo, sin relación a priori entre sí, el descubre una interpretación del sueño de Jacob: la escala, que relaciona a los hombres con Dios, nivela las diferencias entre ricos y pobres.

La palabra leshalem (pagar) se vocaliza también shlemut (integridad) y shalom (paz). Dicho de otro modo, saldar las deudas es un medio de lograr la paz. Con ello, el intermbio monetario se muestra como una manera de resolver conflictos mejor que la disputa o la guerra.

La palabra sha´ar, que designa el valor, que permite calcular una equivalencia, proviene de una raíz que también significa fijar, preparar; además designa la puerta de una ciudad, es decir, el sitio donde el tribunal administra justicia y fija el valor de las cosas y los actos. “Como el valor de su alma, así es” Proverbios 23:7. En otras palabras, todo se cuenta, todo es juzgado. El valor del dinero de cada cosa es indisociable de su valor ético. En hebreo moderno, ese término designa la cotización de las monedas y las acciones.

El giro masá umatán, que designa el comercio, también significa tomar y dar. Eso quiere decir que el comercio se funda en la Reciprocidad, que no es el resultado de un cálculo de beneficio, como en el Capitalismo. Mercado, shuk, también designa la pierna es decir, el lugar por el que se camina, la calle, espacio por excelencia del dar, recibir, y devolver.

De este modo, el pueblo judío hace de la moneda el instrumento único y universal de intercambio, tal como hace de su Dios el instrumento único y universal del sentido.

 

Al instalarse en Canaán, se ven obligados a organizarse y munirse de la forma Estado. La guerra y la economía lo exigen. Se necesitan impuestos, un presupuesto, moneda, reglas de propiedad. En una impresionante eclosión de leyes y procedimientos, aparecen algunos de los valores y principios del capitalismo, que servirán de base a las leyes de Occidente para los tres milenios venideros.

A comienzos del siglo -XII, Canaán es un territorio estratégico militar y económicamente: es el punto de paso obligado de las caravanas que llevan oro, plata, cobre, bronce, estaño, armas, maderas, ganado, miel, aceite de oliva, cerveza, vino, ungüentos a los puertos del mediterráneo, Mesopotamia, Anatolia, Grecia y Egipto. Al término de violentos enfrentamientos, las doce tribus vencen a los filisteos, echan a los hititas y se infiltran entre los cananeos. Se instalan en la llanura costera entre Jafa y Gaza. No hay leyes escritas; sólo jurisprudencias discutidas infinitamente según contextos y circunstancias.

Estos tribunales fijan, primero, la relación con la muerte: entierran a sus difuntos en tumbas, fuera de las ciudades; prohíben que en ellas se depositen objetos: la fortuna no debe desparecer con la muerte. La moneda todavía no existe; el comercio y los préstamos, se hacen en especies o en pesos de oro o de plata. Entre los hebreos, el préstamo se ejerce sin intereses: lógica del don; a los no hebreos se les pide un interés: lógica del capital.

Por primera vez aparece la moneda, en el libro de Jueces: 16:5, cuando se trata de pagar a Dalila el precio de la trampa tendida a Sansón; después aparece en forma de siclos de plata fundidos para convertirlos en una estatua, como regalo enviado a una madre. Una de estas primeras apariciones de la moneda remite a la sexualidad; la otra a la maternidad. Ambas acompañan la traición. Los tribunales fijan nuevas reglas familiares aplicadas a la vida sedentaria. La teocracia de los Jueces, sin embargo, es cada vez menos eficaz, tanto en las finanzas como en lo militar.

Alrededor del -1020 la situación se torna crítica: el Arca es tomada, el santuario de Siló destruido. Antes las amenazas del entorno, claman por un rey. Samuel les advierte el costo que ello implica. Nada. Quieren un rey. Vienen los reinados de David y Salomón. Los hebreos fueron pastores, luego campesinos, después guerreros; ahora les tocaría aprender el comercio. Para abonar la plata, el oro y las joyas, en adelante se utilizará, como medio de pago, lingotes estampillados por el rey. Emisión estatal del dinero. Para aumentar sus ingresos, el rey garantiza la seguridad del comercio a través del pago de un tributo. Se organiza la economía alrededor del Templo que recibe, cada año, el sexto de las cosechas; un décimo de estas ofrendas va a los levitas. Toda donación al Templo se vuelve sagrada; no hay retorno; desaparece el contradon: la reciprocidad. El donador, si quiere algo de lo donado, tiene que comprarlo por una suma superior a su valor en el mercado. El Templo se convierte en un banco que utiliza el Estado y las grandes fortunas privadas para resguardar sus riquezas; su atrio se convierte en un lugar de trabajo para prestamistas y pesadores de metal precioso. El templo como banco y el banco como templo.

Ya no basta la ley oral. Se empieza a compilar la jurisprudencia y surge el Sanedrín que define, entre otras cosas, las condiciones de funcionamiento de la economía del reino. Estos son sus grandes rasgos:

Se postula la necesidad de valorizar el tiempo y de enmendar el mundo: reforma y revolución. Se recomienda hacer fortuna, porque un hombre rico está libre de la tentación de robar, puede ser generoso y, sobre todo, puede tener tiempo para estudiar. Puede practicar las virtudes liberales. Esto último es muy importante. “Cuando no hay harina, no hay Torá”. La fortuna, sin embargo, debe ser discreta. Ser rico, sólo es un medio para servir a Dios y hacer el bien. No es un fin. La propiedad privada es protegida. Toda transferencia de propiedad debe hacerse ante testigos. El engaño es considerado como “un robo mental”. El interés, que se dice néshej: tajada o mordida, está prohibido en el seno de la comunidad. Se debe dejar descansar la tierra cada siete años y, cada 49, la tierra debe ser devuelta a su propietario original, a fin de evitar los latifundios; lo mismo con los préstamos que deben ser anulados cada 49 años. Se busca evitar las grandes fortunas, las grandes propiedades y tener esclavos agrícolas, es decir, evitar la transmisión de las riquezas más allá de dos generaciones y minimizar el apego a la tierra. Se favorece el emprendimiento privado: liberalismo y, como se sabe que ello desajusta el sistema global, cada 7 y 49 años se busca, nuevamente la homeostasis del sistema: socialismo. Sin embargo, hacia -920, cuando muere Salomón, las energías fermiónicas se imponen y las desigualdades se tornan insoportables. El templo y el palacio, antaño admirados, se vuelven en objeto del aborrecimiento popular.

Luego sigue un período de alguna manera arquetípico para el pueblo judío. Diez tribus del Norte se niegan a reconocer a Roboan, hijo de Salomón, y proponen elegir a un tecnócrata integro, Jeroboan, exiliado en Egipto por haber intentado poner orden en las finanzas públicas. Como Roboan se niega a retirarse, las tribus del Norte crean un nuevo reino que llaman de Israel o de Samaria, más liberal y animista: el dios El y su esposa Asherah tienen dos hijos, una niña y un niño, formando un conjunto divino [2]. El reino del Sur, con Jerusalén como capital, más monoteísta, se convierte en el reino de Judea. El abismo entre ambos reinos es político. El reino del Norte conoce una civilización más brillante que el otro, más austero. Las riquezas siguen acumulándose, por la dinámica misma del interés, pero los profetas le ponen freno, una y otra vez. Comienza así a distinguirse entre Pueblo, Nación y Estado porque, ahora, existen dos reinos para la misma nación y numerosos judíos viven en Egipto, Siria y Babilonia. Los intercambios entre estos imperios son considerables y los judíos participan de ellos. El carro con ruedas y las naves a vela incrementan el comercio de Egipto a Mesopotamia pasando por Israel. Todas estas actividades generan la fortuna de los lugares de comercio. El crecimiento económico se incrementa. El reino de Israel, más abierto, más rico y mercantil que el otro, lanza expediciones comerciales hasta la costa occidental de las Indias; los talleres trabajan a pleno para satisfacer la demanda. Se utilizan metales preciosos, en pesos estampillados por el tesoro real, para financiar las grandes operaciones comerciales. Gran cantidad de hebreos se dirigen, para vivir mejor, a Babilonia, Egipto, Creta, Chipre. Empieza la dispersión.

El 29 de julio de -587, Nabucodonosor entra en Jerusalén y el día 9 de Ab arrasa con el Templo y se lleva sus tesoros, acabando con el orden religioso, político y económico de Israel que queda sin templo, sin sacrificios, sin recursos fiscales, sin ejército, sinni rey, ni sacerdotes. Empieza el exilio en Babilonia que obliga al pueblo judío, económicamente, a pasar de la moneda a las finanzas. Sin tierra, se dispara la abstracción.

Los hebreos empiezan a comerciar hasta productos que no deben consumir; dan crédito a interés a los babilonios. Un recaudador de impuestos, Shuma Ukin, por ejemplo, financia viajes comerciales, adelantando capitales. La familia Egibi financia sociedades en comandita y préstamos individuales; reciben depósitos y, efectúan pagos por encargo. Otros trabajan con mercaderes locales. En los archivos de una de las primeras casas de crédito del mundo: la Casa de Murashu, instalada en Nipur, que financia la agricultura y el comercio, mediante técnicas muy sencillas de participación en los beneficios, s. Se encontraron 70 nombres de prestamistas judíos. Para evitar un exceso de relaciones con los templos babilonios, los judíos crean sus propios bancos y se hacen pagar en ganado, joyas, esclavos e ingresos de la tierra. Algunos se vuelven muy ricos y son admitidos en la corte del rey Nabucodonosor; varias familias toman patronímicos locales. La Asimilación está en marcha. La mayoría la rechaza. De todos modos, se ponen las bases para la sobre vivencia en el exilio. Obedecer las autoridades locales; permanecer agrupados; no confiar más que en los suyos; no acumular bienes raíces; transmitir la cultura; la familia se erige en valor supremo; riguroso control sexual; se enseña a los niños, sistemáticamente, a leer-escribir-comentar. Se ve aparecer una relación más individual con Dios; se cristalizan las nociones de más allá, pecado, resurrección, aparecen los ángeles. Se ora por el retorno a Sión y la reconstrucción del Templo.

Así, pues, toda la doctrina económica apunta a fijar las mejores condiciones de supervivencia en un medio extraño. Se basa en tres principios: trabajo (si posible, un oficio libre y solitario), competencia (es lo que permite ser rico), solidaridad (por si fracasa la competencia y se pierde). Es interesante y actual, empero, el debate rabínico sobre la Publicidad, sin el cual el Capitalismo se pararía. Para que el consumidor esté perfectamente informado, el comerciante puede hacer promoción con carácter publicitario o repartir muestras gratis de sus productos. Sobre este punto, la discusión de los rabinos es interesante: Rabí Yehuda dice: “Un comerciante no debe distribuir trigo tostado o nueces a los niños, porque los acostumbra a acudir a su comercio”. Pero los otros sabios lo permiten. Rabí Yehuda dice: “No debe vender por debajo del precio del mercado”. Pero los otros sabios dicen: “Un hombre semejante sólo puede ser mencionado positivamente”. Ambigüedad socarrona.

 

La última etapa de esta génesis es más teológica y política que económica. El 3 de marzo de -515 se inaugura el nuevo Templo. Regresa la economía templaria con sus sacerdotes, sus diezmos, sus donaciones y sus cambistas. Las ofrendas fluyen. Pronto se cuentan por miles los sacerdotes mantenidos por los ingresos del Templo, cofre siempre bien guardado que contiene joyas, monedas de oro y plata de todos los países. El Templo se convierte en tema de conversación y objeto de codicia en todo el Cercano Oriente. La época también asiste a una excepcional proliferación de textos: bancos de datos e información.

Hacia el -187 los rabinos empiezan a redactar compendios que recapitulan las decisiones de los tribunales, también en materia económica, como lo concerniente al erario público, los precios, las empresas, la vida social, la solidaridad. Exaltan el trabajo manual; fijan los “precios justos”; limitan los beneficios; controlan los agrupamientos corporativos, los jevrot; reparten las calles entre los diferentes oficios; vigilan a ciertos artesanos especializados en productos femeninos, como los perfumistas; alejan a aquellos que ejercen oficios humillantes, como la curtiembre, la minería o la recolección de excrementos.

También se prohíben actividades que perjudiquen al resto de la economía o al entorno. Por ejemplo, la cría de cabras por razones ecológicas, así como construir hornos cerca de centros poblados. También fijan principios de administración del patrimonio: “Un hombre siempre debe guardar su fortuna en tres formas: un tercio en tierra, un tercio en ganado, un tercio en oro”, o las condiciones de ayuda a los pobres, huérfanos, viudas, forasteros. Queda prohibido, ¡otra vez!, prestar a interés, redactar el acta del préstamo y rubricarla ante testigos, ya que todo prestatario corre el riesgo de volverse pobre e insolvente. El interés es comparado a la mentira y a la corrupción: Éxodo 22:25; Levítico 25:37. También se prohíben todos los actos mediante los cuales un acreedor podría aprovecharse indirectamente de su préstamo, avak ribit: polvo del interés. Pese a estas prohibiciones, las interpretaciones capciosas permitían cierta tolerancia. Por ejemplo, primero limitan la prohibición a los préstamos para el consumo, los únicos que realmente conciernen a los pobres. Los préstamos para la inversión son autorizados según mecanismos muy específicos. Por ejemplo, los bienes prendados de un préstamo sin interés son rescatados por el prestatario, en el momento del reembolso, con un margen que equivale a un interés. Sin embargo, el préstamo a interés no acaba de ser extirpado; renace y vuelve a surgir cada vez con más fuerza, como testifican papiros egipcios, del siglo V antes de Cristo, encontrados en la comunidad judía de Elefantina.

 

Bajo los romanos, la economía del Templo funciona a pleno. Mercaderes, prestamistas, letrados circulan, del Templo al mar y luego a la diáspora, transportando ofrendas, mercancías, preguntas teológicas y respuestas de los maestros, compromisos de préstamos, donaciones para el templo…

Con una insistencia creciente, los Esenios reclaman más sencillez en el modo de vida de los sacerdotes, menos boato en el funcionamiento del Templo, menos ofrendas, menos obras de magnitud, más solidaridad para con los pobres. Dan el ejemplo: ponen en común sus propiedades, ingresos, alimentos y vestimentas. Muchos leen, en los desórdenes de la época, el anuncio de la próxima llegada del Mesías. Significativamente, Jesús de Nazaret pondrá de relieve la energía bosónica, reprimida por el patriarcado abrahámico, de una comunidad fratríztica, horizontal, gilánica, donde brillan el compartir, el sanar, aliviar, consolar: cuidar, así como la empatía, la ternura, la comensalidad, la sencillez, la compasión: lo contradictorio y, por tanto, la reciprocidad, en un cuadro, donde la figura de la mujer sale del marco de la cultura patriarcal de entonces.

 



[1] Paris: Libraire Arthème Fayard, 2002.

[2] Cf. Mike Albrighy, Yahveh and the Gods of Canaan. New York, 1983

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